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Los profesionales de la salud hacen de la calidad de vida de los mayores su propia misión

Con los años, los cumpleaños de padres y abuelos parecen tener un sabor diferente. Dejan de sentirse como una simple celebración y se convierten en un logro. Sin querer, empezamos a preguntarnos cómo llegarán al próximo año, si seguirán igual o habrá cambios…

Esto pasa por una razón sustancial: ya no están creciendo, están envejeciendo, y comprender esta diferencia es fundamental para acompañarlos mejor, entender sus necesidades y disfrutar de ellos con mayor tranquilidad.

Según la OMS “desde un punto de vista biológico, el envejecimiento es el resultado de la acumulación de una gran variedad de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, lo que lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales, a un mayor riesgo de enfermedad”.

Esta suele ser nuestra principal preocupación: qué ocurrirá si enferman o qué debemos hacer para ayudarles.

Pero, ¿estamos seguros que el centro de nuestra atención deberían de ser las enfermedades?

El envejecimiento no es solo biología. Con la edad aparecen también cambios vitales profundos, que a veces nos pasan desapercibidos y no le damos la debida importancia.

La jubilación, la pérdida de amistades o de la pareja, la disminución de la independencia o incluso la necesidad de mudarse y depender de otras personas, son todos factores que afectan a nuestros padres aunque nunca nos lo manifiesten con palabras.

El geriatra estadounidense R.L. Kane, en 1989, logró identificar y definir los llamados “síndromes geriátricos”, o sea aquellos factores y problemas, no enfermedades, que si detectados pronto pueden evitar complicaciones y empeoramientos críticos de nuestro familiares: inmovilidad, inestabilidad y caídas, incontinencia, deterioro cognitivo, desnutrición, alteraciones visuales o auditivas, depresión o aislamiento social, entre otros.

Estos factores casi nunca vienen juntos, aparecen poco a poco, una evolución lenta y constante. Es como un cubo que va llenándose gota a gota; en principio podemos cargar con él sin problemas, hasta que, sin darnos cuenta, empieza a desbordar.

Y en ese momento, a veces se instala un problema casi silente, que suele ser asociado a una simple nostalgia o cansancio: la depresión. Perder el control de la propia vida, del propio cuerpo, no poder tomar decisiones por sí mismo, no acordarse de cosas, nombres o personas, sentirse débil e impotente, son experiencias que erosionan el bienestar personal.

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Es necesario mover el foco de atención

Por esto, lo mejor es mover el foco de atención. Dejemos de preguntarnos cómo poder evitar o curar las enfermedades de las personas mayores, y empecemos a preguntarnos:“¿Que necesitan ahora mis padres y/o mis abuelos?”

Para ayudarnos a encontrar respuestas a nuestras dudas, existen profesionales de la salud que han hecho de la calidad de vida de los mayores su propia misión.

Los enfermeros geriátricos no solo administran tratamientos, sino que observan, valoran, previenen y acompañan. Evalúan todos los aspectos mencionados y saben cómo coordinar los cuidados para preservar la autonomía el mayor tiempo posible y proporcionarles calidad de vida.

Porque quizás la preocupación más acertada no sea cuánto viven nuestros padres o abuelos, sino cómo viven. Por ello, consultar con profesionales sanitarios puede marcar la diferencia.

Emanuele Capuano. Enfermero geriátrico de Clínica San Telmo